LA FRASE

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viernes, 11 de marzo de 2016

AL FINAL, ES TODO CUESTIÓN DE FE


El discurso económico del neoliberalismo (ese que es replicado a diario por los medios hegemónicos, los econochantas de la city y los funcionarios del gobierno) se presenta no sólo como un producto elaborado de la razón, sino como la razón misma.

Cuando se criticaba en los años 90’ la pretensión de imponer un “pensamiento único” se aludía en esencia a eso: concebir a las ideas matrices de las políticas económicas y sociales que se desplegaron por entonces en el país, la región y buena parte del mundo como las únicas auténticamente racionales, que marcaban el camino que necesaria e inexorablemente debía seguirse; porque de lo contrario devendría una inagotable serie de catástrofes.

Demás está decir que la historia demuestra que la cosa ha sido exactamente al revés: justamente por seguir a pie juntillas ese “único camino racional posible”, muchos países (entre ellos, el nuestro) se vieron envueltos en profundas crisis económicas y sociales, con repercusiones políticas e institucionales.

Que el fenómeno se haya repetido una y otra vez desde el 2001 para acá, replicado en numerosos lugares a lo largo del globo, no ha disuadido a los cultores y profetas de ese “pensamiento único” de seguir presentándolo como la panacea, con un dogmatismo tan cerrado que lleva a dudar de que se trate -en efecto, y como lo presentan- de una construcción racional.

Porque si alguien insiste -contra toda lógica elemental derivada de una simple observación de los hechos- en repetir como un mantra un discurso que se da de patadas con la realidad (como está pasando ahora en la Argentina -por ejemplo- con el dogma monetarista y la inflación), hay allí una primera pista de un pensamiento de ribetes mesiánicos, dogmáticos y voluntaristas; y por ende en buena medida, irracional.

Que sin embargo se presenta como la exposición objetiva de leyes naturales, casi físicas: así aplicando el conocido ejemplo que inspiró a Newton la ley de gravedad, del mismo modo que si se corta lo que unía a la manzana al árbol esta caerá indefectiblemente al suelo, en economía (ignorando su naturaleza de ciencia social) dada una variable “A” indefectiblemente se producirá el efecto o consecuencia “B”, y no hay nada que se pueda hacer.

Pese a ello, no deja de ser paradójico el modo en que reaccionan el neoliberalismo y sus cultores cuando los agentes económicos se comportan de un modo para ellos inesperado, pero que responde estrictamente a la única racionalidad lógica instrumental que aceptan, que no es otra que la de sus propios intereses.

Mucho de esto puede verse en el gobierno de Macri, sus políticas y sus reacciones ante esos comportamientos y sus efectos en la economía, por ejemplo la inflación: es como si a diario se repitieran para sus adentros la célebre frase de Pugliese, aquélla de “les hablé con el corazón, y me contestaron con el bolsillo”.

La imagen vale para las exportadoras que no liquidan divisas, los bancos que aprovechan todas las “bicicletas” habilitadas por el gobierno para fugar divisas y complicarle el frente cambiario, los sectores de las economías regionales que se quejan y sostienen estar peor que antes, los formales de precios que remarcan salvajemente y generan la inflación, o los grandes grupos industriales favorecidos por las medidas del gobierno que -no obstante eso- despiden o suspenden empleados; alimentando la tensión social.

Es entonces cuando los cultores de la presuntamente única racionalidad económica, puestos a buscar explicaciones (es decir racionalizar el proceso) se internan en los dominios de la sicología: nos cuentan que “es necesario generar confianza”, “mejorar las expectativas” (si se trata de alentar la inversión) o derrumbarla, si de lo que se habla es de inflación. O de “dar reglas de juego claras que transmitan previsibilidad”, como si se tratara de calmar los trastornos de ansiedad de un paciente dándole ansiolíticos.

Y aun antes de que todo falle, o no responda según lo previsto, apelan a los mismos recursos: recordemos cuando en campaña Macri prometía una lluvia de inversiones que iban a llegar al país porque el solo cambio de signo político del gobierno generaría “un shock de confianza”. Una confianza rayana en la fe, que -como todos sabemos- no requiere de certezas ni evidencias irrefutables.

Claro que en economía a la confianza hay que ayudarla, y tal parece que a veces, ni siquiera con eso alcanza: no basta un gobierno “market friendly” que tome una medida tras otras a favor de “los mercados” y el capital para conseguir “pobreza cero” o más modestamente, mejores niveles de equidad social. Por el contrario, en la mayoría de los casos el efecto logrado es el contrario; y eso sin entrar también nosotros en el sicologismo social y ahondar en el punto de si es verdaderamente eso lo que persiguen las políticas del gobierno de Macri.

Dejando de lado esa cuestión y aun dentro de lo que para ellos son premisas centrales (por ejemplo bajar la inflación) cuando las cosas fallan o no resultan según los modelos de laboratorio todas las proyecciones econométricas, los fatalismos deterministas que desconocen la naturaleza social y política de la economía y sus agentes y toda la pedagogía seudo newtoniana queda reducida a un “puede fallar” (en el mejor estilo Tu Sam), porque “no hay confianza”, o es “necesario recrearla y generar credibilidad”.

Queda todo reducido entonces a una “cuestión de fe”: se cree, o no se cree; sin dar ni pedir razones. Será quizás por eso que el Papa se enoja tanto con el neoliberalismo y sus premisas y lo combate: no solo porque se sustenta en valores o principios ajenos a los del cristianismo, o porque produzca como resultados concretos un agravamiento de la desigualdad y la pobreza, y una profundización de estructuras socialmente injustas.

También porque además representa otra “fe” que tiene sus propios “convencidos”, “predicadores” y “fieles”, dispuestos a la adoración de una deidad, en éste caso “el mercado”, que constantemente exige sacrificios pero cuyos designios (que se suponían conocidos, por seguir leyes objetivas e inmutables) resultan al final inescrutables. Le disputa clientela, digamos.

2 comentarios:

Juan Guillermo Cocina dijo...

En relación con esto; hay que difundir un discurso contrahegemónico desde el llano, en el cara a cara y puerta a puerta. Darle espacio a los pensadores "insubordinados" de Nuestramérica y acercarlos al pueblo. Hay que contrarrestar este discurso irracional mediante un contacto directo, no mediatizado.

Estaba leyendo el libro de Marcelo Gullo "La insubordinación fundante". Ahí está el camino. Es un libro corto, fácil de leer, sus explicaciones son simples, convincentes; y por lo tanto es extraordinariamente efectivo.

Allí el autor explica mediante estudios históricos del caso yanqui, alemán, japonés, que la insubordinacion fundante, que les permitió a estos países otrora periféricos convertirse en países centrales -es decir, que pasaron de subordinados a subordinantes en el orden universal- consistió en primer lugar, en una insubordinación ideológica ante el discurso hegemónico. Ese es el punto de partida; luego esto posibilita el impulso estatal necesario para transformar la matriz económica del Estado Nación. Pero antes es necesario un proceso de insubordinación cultural e ideológico.

A lo mejor ya lo tienen leído y estoy explicando esto al pedo. Si no lo hicieron, recomiendo que lo hagan.

El punto es que hay que difundir estos trabajos. Entiendo que cuesta mucha guita repartir libros, pero alguna forma hay que buscar para hacerlo. Mediante la distribución "ilegal" de fotocopias o digitalizaciones o de la forma que sea.

De lo contrario, nos quedaremos siempre en la denuncia. Hablando entre nosotros. O "gritando en el desierto", como le pasó a Victor Hugo en los '90.

Saludos.

Anónimo dijo...

Fundamentalismo ortodoxo liberal. Una vieja religión.Pero Macri no califica ni para monaguillo suplente.